Esa tarde se había convertido en noche de repente, sorprendiéndome en medio de mis resoluciones de problemas de dinámica del cuerpo rígido, y causándome una gran frustración al darme cuenta de que en todo un día de ardua dedicación sólo había logrado resolver los primeros tres o cuatro ejercicios de una guía de 23. Y nadie me aseguraba que la resolución fuera acertada.
No sé si esa desilusión fue la causa de mi dolor de cabeza, o más bien fue el factor que hizo que lo notara, el caso es que la sola observación de la hoja plagada de fórmulas empezó a provocarme alergia. Temiendo convertirme en el loco de las integrales, busqué el maravilloso Ingard, Introducción al estudio de la Mecánica, Materia y Ondas, que había quedado sumergido bajo una sumatoria finita de hojas, y cerré sus verdes tapas: siempre me impresionaron los libros que yacen abiertos. ¿Quién te asegura que no pierdan algo de su esencia, como la pierde una frasco de dulce abierto?
En un estado surrealista, o de realidad abstracta, en el que varias veces me he sentido luego de abstraerme en mis estudios por mucho tiempo, bajé al mundo, a despejarme por un momento.
Ya era de noche, y se oía lejano, perdón, yo oía lejano, el ruido de los pocos autos que esa hora aún deambulaban por Libertador. Caminé hacia Cabildo, que ahí sí habría más movimiento, aunque siempre odié las multitudes. Pero algo me llevaba hacia allí.
Y mientras caminaba se me vino a la cabeza una frase que tal vez leí en algún texto del ciclo básico común. El texto hablaba de la probabilidad de que un hecho ocurra, eso lo recuerdo vagamente, y mencionaba algo de que las causas son previas a la consecuencia de cualquier cosa que ocurra; finalmente concluía dejando el fabuloso interrogante de si era posible que una consecuencia ocurriese antes que la causa.
Abstraído como estaba, caminaba mirando el suelo; a veces me sorprendía hablando solo: eso suele ocurrirme cuando la fuerza de mis monólogos internos es demasiado grande.
En un momento alcé la mirada. Inconfundible su figura, eterna su belleza. Ella, tan alta, tan esbelta. Ella. Ella observaba distraídamente una vidriera. Yo la admiraba atentamente. En el momento en que ella giró para verme, yo sentí que iba a desmayarme. Afortunadamente, no lo hice.
Ella habló:
- Ey, ¡a vos te conozco!
Luego de un intercambio de dulces palabras, deambulamos largamente por Cabildo.
Así de simple empezó todo, una bella historia que más adelante contaré. Lo que nunca sabré es si ella fue la causa o la consecuencia de abandonar mis estudios de física en aquel momento. Por supuesto, tampoco me importa.
Y mientras caminaba se me vino a la cabeza una frase que tal vez leí en algún texto del ciclo básico común. El texto hablaba de la probabilidad de que un hecho ocurra, eso lo recuerdo vagamente, y mencionaba algo de que las causas son previas a la consecuencia de cualquier cosa que ocurra; finalmente concluía dejando el fabuloso interrogante de si era posible que una consecuencia ocurriese antes que la causa.
Abstraído como estaba, caminaba mirando el suelo; a veces me sorprendía hablando solo: eso suele ocurrirme cuando la fuerza de mis monólogos internos es demasiado grande.
En un momento alcé la mirada. Inconfundible su figura, eterna su belleza. Ella, tan alta, tan esbelta. Ella. Ella observaba distraídamente una vidriera. Yo la admiraba atentamente. En el momento en que ella giró para verme, yo sentí que iba a desmayarme. Afortunadamente, no lo hice.
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| -the big bang theory - |
- Ey, ¡a vos te conozco!
Luego de un intercambio de dulces palabras, deambulamos largamente por Cabildo.
Así de simple empezó todo, una bella historia que más adelante contaré. Lo que nunca sabré es si ella fue la causa o la consecuencia de abandonar mis estudios de física en aquel momento. Por supuesto, tampoco me importa.



